Hay cosas en la vida que por más que se intente alcanzar, parecen imposibles. Y hay cosas que, por muy posibles que son, no se hace el menor esfuerzo para alcanzarlas…
Hoy en la mañana mi madre me pide que termine de bajar unas mandarinas que, para ella, les son imposibles de alcanzar por su tamaño. Me encontraba yo leyendo en el momento de su petición y al terminar mi lectura decido ir al mandarino. Me encuentro con un escenario un tanto peculiar, había mandarinas dispersas por todos los ramales. Incluso, para mí, eran difíciles de alcanzar.
Decido hacer el intento. Con mis manos limpias trato de obtener una de las mandarinas más bajas que logré divisar. No lo logro a la primera y trato de nuevo, en puntillas esta vez, a ver si lo consigo. ¡Bingo! Consigo algunas. Me incorporo a divisar mi siguiente objetivo, pero las que quedaban estaban muy altas. Por un segundo me detengo a pensar, ¿Cuál sería la solución más práctica? ¡Claro, buscar un objeto para alcanzarlas!
Busco y lo primero que veo a la mano, es un machete. “¡Es un buen objeto, sino logro derribarlas, puedo contar la rama!”, Pienso. Intenté de nuevo con el machete pero me di cuenta que, para alcanzar mi objetivo, dañaba muchísimo la planta y no era muy eficiente para la labor acometida. No conseguí bajar ninguna mandarina.
Dentro de mí pasaron muchas cosas en ese momento. Pensé que hay cosas en esta vida que son imposibles de alcanzar por más que uno se esfuerce en conseguirlas. Y hay veces que para obtener nuestras ambiciones, dañamos a personas en el camino. ¿Qué tanto de verdad hay en eso? Me detuve un rato a pensar en cómo la vida nos pone a prueba hasta con cosas tan simples como bajar mandarinas.
Entendí dos cosas. La primera es que hay metas muy altas y difíciles de lograr, pero depende del espíritu de cada quien, el no ver los obstáculos hacía esas metas como impedimentos, sino como pruebas a superar para saborear mejor el éxito cuando este se alcance. La segunda, mirando una rama suelta en el suelo húmedo con forma de bastón sobre las raíces del mandarino, que a veces no hace falta soluciones difíciles a los problemas. Que con un poco de paciencia y sabiendo esperar la oportunidad, viendo las señales, se puede conseguir esa meta sin tener que dañar a nadie.
Cogí las mandarinas del suelo después de bajarlas con ayuda de la rama y me comí la última que bajé para disfrutar de lo dulce que es alcanzar una meta.